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Thursday, August 26, 2004

El Líbanes

Regina pasaba sus recreos con una sola amiga. Angélica, quien se hacía llamar Angie, hija única, rechonchita de cara bonita. Pasaban los 30 min. de descanso mirando una fotografía de George Michael, recortada de una revista. Iban en segundo de prepa.

Pasaron de año y se convertirían en las grandes del Colegio. Época de decisiones. Después de hacer el tedioso examen de orientación vocacional, Angie se decidió por Administración de Empresas. Regina sin saber todavía que quería hacer se decidió por el área que no tuviera matemáticas.

Angie, nunca dijo nada, pero resentía la decisión de Regina, por primera vez se separarían. Angie era demasiado tímida para empezar nuevas amistades, así que pasaba los recreos sola, observando a las demás.

Llegó Blanca a la escuela, la habían expulsado ya de varios Colegios por mala conducta. Blanca con su mamá, esperaban entrevistarse con la madre superiora y con la coordinadora. Su mamá habló primero, y después la madre superiora le dio la palabra a Blanca. Ella ofreció a su público una actuación magistral. Conmovió a las monjas con sus ruegos, prometió (y parecía sincera), que si le daban una oportunidad sería buena y devota. Trabajaría duro para ser un ejemplo para las demás. Concluyó diciendo que había aprendido la lección y que no las decepcionaría. Las monjas no pudieron resistir la historia de la hija prodiga.

Blanca, tenía fuego dentro, de cabello rubio y cuerpo desarrollado, era un cometa que a su paso dejaba una estela de cristales y energía magnética, imposible pasarla por alto. Regina no fue la excepción.

Blanca y Regina salían juntas, nunca faltaban los muchachos. Regina pronto aprendió que hacer y que decir para que en casa la dejaran, “dormir en casa de Blanca”. Llamaba por teléfono y pedía permiso.

-Sí mamá, nos vamos a quedar a terminar un trabajo.

-Sí mamá, aquí esta la mamá de Blanca. ¿Quieres hablar con ella?

-Sí mami, no nos vamos a acostar tarde.

-Ok, te veo mañana.

-Bye.

Regina se las arreglaba para permanecer virgen, para Blanca eso era anticuado. Regina tenía novios, amigos, conocidos conservando la ilusión de entregarse a su verdadero amor.

Una de esas veces “que se quedaron haciendo un trabajo”, fueron a la disco Desire. Pasaron por ellas un par de galanes, uno de ellos amigo del primo del cuate de la puerta, así que no tuvieron bronca para entrar. Conocían también al bartender por que era el hermano de una compañera de la escuela, así que el alcohol no escaseaba. No sabían beber y con el segundo trago ya estaban hasta la madre, bailaban con sus galanes, hablaban a gritos e iban al baño cada 20 min. para ponerse al tanto de lo que estaba pasando. Salieron del lugar tambaleando, abrazadas de sus galanes.

Blanca se encontró a unos viejos amigos, Omar y el “Ric”. Entusiasmada los saludo de beso y abrazo, cosa que no le pareció a su acompañante. Regina no recuerda como comenzaron los golpes, lo único que recuerda, fue ver volar los puños en el aire, después recuerda verse a ella misma tratando de separar a los hombres y buscando a Blanca por todos lados, Blanca estaba tirada en la banqueta, con las piernas abiertas, y falda mal puesta, Blanca nunca usaba ropa interior.

Los “gorilas” de la disco habían intervenido y habían podido parar la bronca, el aire se notaba tenso, los galanes sangraban.

El “Ric”, le mentó la madre a todos, se limpió la sangre de la boca y se fue. A Omar en cambio no le habían tocado los madrazos, encontró a Regina tratando de arreglar a la desordenada Blanca, trataba de cargarla pero era muy grande para Regina. De los iniciadores de la bronca, nada más se supo, los valientes acompañantes las habían dejado allí a media calle. Omar muy caballeroso le ofreció a Regina llevarlas a su casa.

Omar y ella subieron a Blanca al carro, Blanca tuvo la cabeza fuera de la ventanilla todo el camino, Regina se moría de vergüenza no hablaron mucho durante el largo camino. Por fin, habían llegado, Blanca tambaleándose y repitiendo frases sin sentido subió las escaleras, Regina dijo buenas noches, paradita sobre la banqueta, Omar se acercó para darle un beso en la mejilla, para ese entonces con el susto y el frío ya se le había bajado la peda, gracias al alumbrado público, pudo distinguir un dije de oro en forma de cedro que llevaba Omar al cuello. Tenían 17 años.

La cruda de Blanca estuvo espantosa, la mamá no se dio cuenta. Regina se entero que el padre de Omar era libanés, lo que explicaba las pronunciadas cejas y el cedro.

Había pasado una semana, sin mucha corte se encontraron en un sillón de la ruidosa disco besándose. Omar pasaba su mano por debajo de la blusa de Regina, ella pretendía apartarlo. En realidad, no quería que él se diera cuenta del papel higiénico que rellenaba su brassiere, Blanca en cambio nunca necesitó hacer eso, (no usaba brassiere).

Sorprendentemente Blanca, todavía no había causado ninguna queja en la escuela, había aprendido bien a disimular, había aprendido a esconder mejor los cigarros y el maquillaje.

Omar y Regina tenían un mes saliendo, ella no se atrevía a preguntarle si eran novios, lo que la hacía sentir un poco incómoda, pero no la detenía para aplacar las hormonas donde se pudiera. Él estacionaba el auto en una calle no muy transitada, y daban vuelo a la carne mientras escuchaban el radio. De repente ella lo apartó y le dijo: -¡Me encanta esa canción!, ¿Sabes como se llama?. -“You´re my everything” de Blue Dimension. –¡Me encanta, me encanta!. Omar dijo: - yo tengo el disco. ¿si quieres te lo puedo prestar?, -Sí, por favor. –¿Podemos ir a mi casa por él?, no está lejos. –No sé, me da pena con tus papás. –No están, regresan más tarde. ¿Vamos?. Regina de reojo pudo notar la inocultable erección de Omar, él trataba de esconderla con el suéter. –No sé. Ya es tarde. –Vamos Regina, no nos tardamos nada. Ella no dijo que sí, pero tampoco dijo no.

Cuando se dio cuenta, se encontraba en el cuarto de Omar, acostada en la cama con la blusa abierta sus pequeños pechos se asomaban por el corpiño. Omar estaba encima de ella, completamente vestido. Podía sentir la erección de Omar, ella vestía pantalones, todavía puestos. Omar la distraía con besos. Regina no supo como, pero cuando se dio cuenta tenían compañía. El miembro de Omar estaba tan presente que parecía otra persona. Ella sintió como se le iba el color, era la primera vez que veía a un pene de cerca. En cuanto pudo moverse, apartó bruscamente a Omar, se puso de pie y se tapó el pecho. Repetía una y otra vez –No, por favor, no puedo, No por favor, no puedo. Imposible callarla.

Él y su miembro seguían boca arriba en la cama. –Regina, no me puedes dejar así, ¿que no ves?, me puede hacer daño.

Regina del susto soltó a llorar, entre sollozos le rogaba a Omar que la llevara a su casa. Su cabeza daba vueltas pensando en lo que le diría Blanca, pensaba en su mamá, pensaba en el vestido blanco que imaginaba para su boda. Mientras más pensaba más ganas le daban de llorar.

-¿Entonces qué?, ¿no me vas a ayudar?.

Ella lloraba histérica, le rogaba:

-Llévame a mi casa, por favor, llévame a mi casa.

Omar no tuvo más remedio que hacerse justicia por su propia mano, Regina sollozaba, sentada en el suelo en un rincón echa bolita con la cabeza en las rodillas.

En cuanto llegó a su casa, Regina llamó a Blanca. Blanca trataba de calmar a su traumatizada amiga, de vez en cuando se burlaba un poco de ella para bajar la tensión.

-Regina, no inventes. En serio que no muerde. No sabes de lo que te estas perdiendo.

-Ok, y que más. Ya cálmate que no te hizo nada.

-Y, ¿bueno ya pusiste el disco?.

-¡Qué!, ¡se te olvidó el disco en el carro!. ¡Te pasas!.

Fabiola

Agosto de 2004

Wednesday, August 25, 2004

Israel III

Katia descansaba en la tina, era sábado por la noche, Israel no llegaría hasta las dos o tres de la mañana. Dimitri gritaba algo desde la cocina. Katia desde la tina gritó en inglés: -¿Qué?. Katia ya estaba acostumbrada al acento de Dimitri, pero todavía no podía saber que era lo que quería.

Tomó su bata, y fue a la cocina para saber que quería Dimitri. Cuando llegó a la cocina, Dimitri ya lo había olvidado. Dimitri aprovechó y deslizó su mano por debajo de la bata, agarró firmemente el aun mojado trasero de Katia. Hacían el amor en la cocina, Dimitri maldecía en checo y ella en español.

Comían desnudos en la mesa de la cocina. Katia hablaba más que Dimitri, quien a veces sólo respondía con miradas o no respondía. Era casi la una y media de la mañana, ella apurada, tomó sus cosas, le dio un beso en la boca como despedida y bajó a su departamento.

Se metió a la regadera, para lavar la evidencia y la culpa, se secó el pelo y se fue a dormir. Israel llegó después. Estaba agotado por el ajetreo del restaurante, pero no podía conciliar el sueño. Encendió la televisión, hasta que se quedó dormido en el sofá.

El constante cansancio de Israel, ayudaba a encubrir el desinterés de Katia. Israel trabajaba largas horas, estaba ahorrando para tener algo que ofrecerle a Katia.

Dimitri no dejó de tener amigas, Katia se tenía que soplar la ruidosa compañía del vecino, Israel se entusiasmaba con la agitación vecinal. Invitaba a Katia a escuchar a los vecinos. Ella se ponía furiosa y reventaba en contra de Israel. –¿Cómo puedes hacer eso?, ¿Qué no sientes vergüenza?. A lo que él respondía, usualmente con miembro en mano. –Si no les da pena a ellos, ¿por qué me habría de dar pena a mí?.

La situación se volvía intolerable, de vez en cuando se encontraban a Dimitri en la puerta del edificio. No se saludaban. Israel invariablemente decía: -“Ya viste, allá va tu vecino”. A lo que Katia respondía –Me da repulsión de solo verlo.

Katia, en uno de esos fines de semana de coger y comer, le planteó la posibilidad a Dimitri de vivir juntos. Él ni la miró, simplemente no contestó. Ella pensó: “Así es él, sino contesta es que esta de acuerdo”. Katia interpretó el silencio como un sí. Recordando el dicho que dice: “El que calla otorga”.

Katia estaba decidida a hablar. En cuanto vio la oportunidad le dijo a Israel:

- ¿A qué hora llegas hoy?

- No sé, tal vez después de las 10. ¿Por qué?

- No, por nada.

- ¿Qué quieres?

- No, no es nada.

- No me dejes con la curiosidad, sabes que no me gusta.

- Quería hablar contigo

- ¿De qué?

- Cuando llegues hablamos

- Dime de qué

- Luego

Israel la tomó de la barbilla y clavándole los ojos le dijo: -¿De qué quieres que hablemos?. Ella desvió la mirada, dijo: - Es difícil para mí. No sé como decirte. Caminó unos pasos, para crear un poco de distancia y se dirigió a él: - No estoy segura de esto. Él alzaba más la voz. -¿De qué?. Katia continúo, - De nosotros, he estado pensando mucho. Él ya gritaba. -¿En qué?. Ella respiró profundo, fingió tomar valor y se lo soltó: -He estado pensando en que nos demos un tiempo.

Esta frase la sintió Israel como un proyectil directo al pecho. Explotó al instante: - ¿Qué, qué?.

Katia trataba de mantenerse fría. –Israel, ¿De qué te sorprendes? Desde el principio fui clara y te dije que no estaba enamorada de tí.

Israel por un instante, se detuvo para leer entre líneas lo que Katia le trataba de decir.

Ella continuó. –El que quiso venir conmigo fuiste tú, yo nunca te prometí nada.

En este punto, estaba claro para Israel.

-¿A quién te estás cogiendo?.

- A nadie, ¿Por qué me dices eso?

- ¿Quién es?

Él estaba fuera de sí. Ella curiosamente no le temía. Le gustaba cuando Israel adoptaba esa actitud, firmeza salía de sus frases. Si no estuviera pensando en mudarse con Dimitri, podría considerar quedarse con él.

Israel repetía una y otra vez,

- Lo sabía, lo sabía.

Caminaba de un lado para otro, se agarraba la cabeza.

- Es ese pendejo con quien compartes oficina, ¿verdad?.

- Noooo, ¿cómo crees?. Estás loco. Mejor cálmate, para que te puedas ir al trabajo.

- Lo sabía. ¡Es ese pendejo!. ¡Dime ya!.

Ella no contestó. Él se fue azotando la puerta.

Llegó al restaurante, habló con un amigo que había hecho allí, quedaron de acuerdo cuando terminaron en el restaurante salieron juntos, pasaron a uno de estos supermercados que abren las 24 hrs para comprar dos pares de pantimedias, ante el asombro del cajero de medianoche.

Esperaban que el compañero de Katia saliera del laboratorio, era un pobrecito nerd que trabajaba día y noche, esperando algún día ser doctor.

Eran cerca de las dos de la mañana, lo vieron salir, cuando se bajaban del auto vieron al ayudante del laboratorio salir detrás de él. Eran dos contra dos. Israel con la media en la cabeza y un bate de béisbol se adelantó, su cuate le cuidaba la espalda. Le dijo en inglés: - A ti te quería ver. El pobre casi se mea en los pantalones. El otro individuo ni se movió. Después de una serie de insultos le dijo:

-Ya sé que te estas acostando con Katia. Eso tiene consecuencias.

De la nada el ayudante de laboratorio, se le tiró como un gato al nerd. Israel se tuvo que hacer para atrás ante el asombro. El gato le tiraba arañazos en la cara. Le decía: -¿Cómo te atreves a engañarme?. Yo te lo he dado todo.

Israel y el amigo, presenciaban una pelea de gatos. El ayudante gritaba, insultaba, y tiraba arañazos. El nerd en el suelo se defendía literalmente como gato boca arriba.

El amigo de Israel se agarraba la panza de la risa. A Israel le quedó claro que ese pobre no se estaba acostando con Katia.

Israel no llegó a dormir, su compañero de oficina no llegó a trabajar. Katia había alcanzado un punto en el que ya no sentía nada, nada le importaba más que estar con Dimitri.

Katia empezó a empacar, tenía las maletas sobre la cama, era obvio lo que iba a pasar. Deseaba con el corazón que Israel no hiciera las cosas más difíciles, sabía que era un buen hombre y que al final entendería su decisión.

Lo que necesitaba en ese momento era estar con Dimitri, por primera vez sin culpa. Dimitri tampoco había ido a dormir. Eso no le sorprendió a Katia, muchas veces Dimitri cuando no tenía compañía se quedaba a trabajar toda la noche en la oficina.

No había terminado de pensar en esto cuando llegó Israel. Lo primero que le dijo: -Me vas a decir con quien te has estado acostando. Katia se metió al cuarto y cerró la puerta. No quería que Israel viera las maletas –Ya te dije que con nadie. Israel dijo: -Pues de aquí no me voy hasta que me digas.

Israel se metió al baño.

Ella aprovechó para meter todo debajo de la cama.

Dimitri no aparecía. Katia, cerciorándose que Israel seguía en el baño, llamó a la oficina de Dimitri y le dijeron que había pedido permiso para llegar tarde, tenía que ir a recoger al alguien al aeropuerto, en un pueblo de estudiantes esto era común, tampoco le extraño que no le hubiera dicho nada. Dimitri no hablaba mucho.

Con Israel todavía en el baño vio llegar el auto de Dimitri, salió corriendo para recibirlo, cuando vio que venia acompañado por una mujer y un niño. Katia sintió que las piernas se le hicieron de gelatina. Se detuvo a medio camino.

Él sin expresión y con su terrible acento le dijo:

- Ella es mi mujer, éste mi hijo.

Sin esperar, y sin saludar, todos subieron al departamento dejando a Katia en el estacionamiento.

Cuando salió Israel del baño, vio a Katia desencajada llorando. Le dijo: -¿Qué?, ¿Ahora, si me vas a decir?.

Fabiola

Agosto de 2004

Sunday, August 22, 2004

Israel II. Katia

Katia se había ganado una beca, tendría que vivir por dos semestres en una de las ciudades más representativas del Norte. Ambos estaban felices.

Se instalaron en uno de los edificios de departamentos cercanos a la Universidad. Israel no tardó mucho en encontrar trabajo. Sería cocinero en uno de los restaurantes mexicanos que circundaban al campus.

El asesor de Katia le exigía largas horas de trabajo, el dueño del restaurant estaba muy satisfecho con el talento de Israel. Se veían por las noches y comían juntos en los días de descanso de Israel.

Katia se sentía segura, tranquila, después de una larga temporada, podía pensar en su trabajo como algo que la apasionaba, en el pasado sólo hizo lo que tenía que hacer teniendo la cabeza en otro lado.

De regreso a casa, Israel pudo ver que alguien se mudaba al piso de arriba, justo sobre sus cabezas, hizo un gesto desaprobatorio, por que después de haber vivido por casi tres años en edificios de estudiantes sabía lo que puede ser tener vecinos.

Quien se mudaba era un hombre alto, rubio y malencarado, con un acento inteligible. Exhausto dijo: hi!, el hombre no contestó. Israel prefirió pensar que el hombre no lo había escuchado, le cerró la puerta en la cara.

Katia había llegado muerta, se metió en la tina con un libro. Israel pedía una pizza por teléfono, no quería ni acercarse a la cocina.

Comieron, vieron la televisión, era casi media noche. Se fueron a dormir. Cuando apagaron la luz, comenzó todo. No sólo se oía al vecino tratando de acomodar sus muebles, se oía la voz de una mujer, se le escuchaba gritando. Se oyeron una serie de golpes secos, la mujer guardó silencio.

-¿Israel oíste eso?

-¿Cómo no lo voy a oír?

-¿qué hacemos?

-¿No sé?

-¿Llamamos a la policía?

Cuando tomaron el teléfono para llamar a la policía, se volvió a escuchar algo. Katia le puso el dedo en la boca a Israel –Shhh. Era la mujer otra vez, gritaba en un tono diferente. La mujer jadeaba incrementando el volumen. El hombre se escuchaba como un eco, hablaba pero era imposible saber que decía. El tono era agresivo, daba ordenes, repetía frases. Katia e Israel no se movieron, tenían los ojos abiertos a lo que daban los párpados. Sin querer Katia soltó una carcajada. Israel le tapó la boca, él deseaba seguir escuchando. Después de la carcajada de Katia todo se quedó en silencio.

Katia llegaba cada noche con la esperanza de tener serenata por parte de los vecinos. Era algo tan torcido que sentía igual repulsión y placer en escuchar sus actividades nocturnas.

Israel llegaba más tarde los fines de semana, Katia leía, veía la televisión y esperaba oír al vecino. Por fin, después de varios de días de espera, se oía agitación en el departamento de arriba. La mujer se oía diferente, gritaba diferente, Katia pensó: -“Es otra mujer”. Sonrió con los ojos y se tapó la boca para no gritar de emoción. Esta mujer se resistió un poco más que la otra. Sonaban los golpes secos, ella gritaba de placer, él ordenaba. Su voz era firme. Se oyeron unos pasos, estaban sobre la cama. Ella gemía, él no cambiaba su tono. El hombre hablaba en Dios sabe que idioma, pero se podía distinguir que no era algo muy decente lo que decía.

Katia se encontró sola en la cama, con los vecinos de fondo, su corazón se había acelerado y a pesar de una semi-resistencia inicial se entregó a la experiencia. Deslizó sus dedos por dentro de su ropa interior, cerró los ojos y se imaginó de mil maneras al poseedor de esa voz. Jamás había hecho algo así, se sintió un poco culpable, no le dijo nada a Israel.

Era miércoles, Israel descansaba mañana, se quedaron despiertos viendo una película. Katia, por un lado deseaba que el vecino tuviese compañía, pero le daba mucha pena siquiera pensar en escuchar otra vez al vecino en presencia de Israel. Sus temores, se volvieron realidad en sólo unos minutos. Una mujer jadeaba en el techo.

-¿Ya oíste?

Katia trató de disimular,

-¿Qué?

-El vecino otra vez

-No, fue la película

-Es el vecino

Israel bajó el volumen de la televisión y se pudieron oír los quejidos de una mujer, ésta tenía una voz chillona y aguda como la de una ardilla parturienta.

-Israel, pon el volumen a la tele

-No quieres escuchar?

-NO.

-¿Por qué no? Es como ver porno, sin ver.

Katia ya no contestó, fingió tener interés en terminar de ver la película. Israel se fue al cuarto para escuchar. Pero los vecinos se habían callado. Para desgracia de Katia la película terminó antes de lo que esperaba y se tuvo que ir a la cama con Israel. Israel sostenía su miembro con su mano izquierda, era zurdo, en caso de que los vecinos decidieran reanudar actividades. Katia entró al cuarto y vio el cuadro. -¿Qué haces?, -Te estoy esperando. -¿A mí? O a la vecina chillona. –¡Ven para acá y no me la armes de pedo!.

-¡Ya te dije que no me gusta que me hables así!. – Pues ven, que te estoy esperando. Dio dos palmaditas en el colchón para señalarle dónde quería que se acostara.

Se abrazaban y acariciaban, cuando el vecino se escuchó otra vez. Esta vez no hubo golpes, sólo ordenes y frases sucias en un lenguaje extranjero. Israel ya la penetraba, -- ¡vamos a echarles unas carreritas!. Ella no contestó. Cerró los ojos, trataba de tapar los desafinados gemidos de Israel con lo que escuchaba de arriba. Imaginó que Israel le decía todas esas cosas. Se vino casi inmediatamente. Israel sorprendido le dijo entre sus gemidos , -Ya tan rápido, pues tenías ganas, mamita.

El vecino se calló, Katia perdió el interés, sin dejar que Israel se diera cuenta. Israel se vino con una sonrisa en los labios.

Hasta el momento, Israel era el único que había visto al vecino. Katia no creyó en la descripción de Israel, pensó que se trataba de cosas de machos decir que el hombre era feo y malencarado.

Era sábado en la tarde, Israel ya estaba en el restaurante, Katia se había quedado en casa. Tocaron a la puerta. Vio a un mensajero, éste traía un paquete para el vecino de arriba, y le preguntó si ella podía entregárselo. Era la oportunidad perfecta. Sin titubear aceptó. Pasó todo el día observado quien llegaba y quien salía, no vio a nadie que se pareciera a la descripción de Israel.

Anochecía y decidió ir a tocarle al vecino, con paquete en mano. Tocó y tocó a la puerta sin suerte. Estaba en la tina, cuando se oyeron pasos arriba, ya había llegado el vecino. A toda velocidad se vistió y todavia con el pelo mojado fue a tocarle.

La puerta la abrió una mujer, rubia, flaca, no precisamente bonita, en un acento le dijo en inglés: ¿Qué quieres?, ella respondió, tengo un paquete para el señor Dimitri, la rubia grito algo y al final de la frase dijo Dimitri. Él contestó algo como, “recibe tú el paquete”. La rubia trató de arrebatarle el paquete de las manos a Katia, quien inteligentemente con las uñas lo sostenía. Dijo amablemente, - Disculpe, pero quisiera dárselo al señor en persona. Claramente enojada la rubia, le gritó a Dimitri algo que bien pudo haber sido el equivalente en checo a -“Esta pendeja, quiere darte el paquete en persona”.

Katia todavía en la puerta, vio salir a Dimitri, efectivamente alto, rubio y malencarado, pensó, Israel tenía razón. La rubia todavía sostenía la puerta, se acercó Dimitri, miró a la rubia con complicidad y ella se retiró. Sostuvo la puerta, miraba a Katia a los ojos y no dijo nada.

Katia tartamudeando en inglés le dijo,

-Esto es para usted.

-¿Quién es usted?

Katia no podía creer que estaba hablando con el vecino, la voz, el acento. Su corazón se empezaba a acelerar.

-Su vecina de abajo

-¿Quién la envió?

-Nadie... el mensajero de UPS.

-¿De parte de quien es ese paquete?

-No lo sé.

Katia temblaba de la excitación, mantenía sus piernas juntas para sostenerse en pie.

Cuando Dimitri vio que Katia era inofensiva, la invito a pasar y tomarse una copa con ellos. Katia por un momento dudó y casi dice que no, pero aceptó sólo por seguir escuchándolo.

Bebían y fumaban, Dimitri fumaba puro, la rubia bebía de la botella, y Katia sostenía nerviosa su copa.

Después de un rato Dimitri, le dijo algo a la rubia, ésta se levantó del sofá y se quitó la ropa, la rubia puso sus manos detrás de su cabeza y se quedó de pie. Dimitri se dirigió ahora a Katia.

-Dime, ¿a qué viniste?.

Con la voz cortada contestó.

- A entregarle su paquete.

No voy a repetir la pregunta,

-¿A qué viniste?.

Katia ya no contestó, no se movió.

Dimitri se acercó a la rubia, le dijo que se diera vuelta, el trasero de la rubia estaba casi en la cara de Katia.

Dimitri le dijo,

-Ya sé a que viniste.

Le propinó cuatro nalgadas a la rubia, ésta ni se quejó.

Dimitri tomó a la rubia del brazo, le acomodó los codos sobre la mesa. Dimitri se la cojía y le decía en checo una letanía de cosas no muy decentes. La rubia jadeaba de placer, le contestaba en el mismo tono.

Katia sentía que se encontraba en un mundo paralelo, sin embargo, lo que era cierto, es que estaba tan excitada que estaba a punto de venirse. Dimitri le daba la espalda a Katia, parecía que en ese momento le importaban más otras cosas.

Cuando Israel abrió los ojos , Katia dormía a su lado.

Fabiola
Agosto 2004.

Saturday, July 31, 2004

Baby Shower

Estaba invitada a otro baby shower, esta vez era Lucía quien felizmente había aceptado ser fecundada, como la mayoría de las mujeres de mi edad.

Fue fácil elegir un regalo por que era para un recién nacido. Ella había elegido no saber el sexo del bebé para que fuera sorpresa, pero su esposo, Mariano, no se aguantó y nos dijo que esperaban un varón. Compré un mameluquito azul con unos perritos. La última vez que había comprado ropa para niño, fue para el cumpleaños de Laurita la hija de Elena, de hecho tuve que llamar a la mamá para saber que talla usaba la niña por que con mi poca experiencia todo me parecía del mismo tamaño.

Me sorprendió que me hubieran invitado, por que últimamente había sentido que me relegaban un poco. Me enteré que “mis amigas”, hacían reuniones para rezar el rosario y mientras tanto ponerse al corriente de lo que pasaba con cada quien. A la hora de hacer sus peticiones al Santo Cristo y la Virgencita, salía la sopa. “Por favor Señor de las Alturas, permite que mi hermano y mi cuñada arreglen sus problemas”, “Te quiero pedir Señor que me ayudes a perdonar a aquellos que me hacen daño”, “Señor, te quiero agradecer todos tus favores, te quiero pedir que me ayudes a darle a mi esposo el hijo que tanto deseamos”.

En la siguiente reunión, se enteraron que por fin el hermano se había largado con su compañera de trabajo y que a la cuñada la habían abandonado con un mes de embarazo. No se sorprendieron de la ausencia de una de ellas que bien había entendido la indirecta directa de aquella que pidió, ayúdame a perdonar a la víbora que esta hablando tras mi espalda. Todas felicitaron a Lucía por su embarazo.

Pensé, “pues que delicadas, la neta es que no aguantan nada”, cuando en una fiesta, hablaban de la nobleza y generosidad de Su Santidad Juan Pablo Segundo, se me ocurrió contarles el chiste de que a mi prima le decían Su Santidad, por que tenía cuerpo de papa. El hecho de que nadie se rió, me dejó claro que no les gustó el chiste.

Silvia, la líder del grupo me llamó para recordarme cocinar algo, llevar el regalo y estar puntual en su casa a las 5, por que estaban preparando que la fiesta fuera sorpresa. Hice un mole Doña María, la verdad es que no quería hacerlas sentir mal con mi talento para la cocina. Llegué con la lengua de fuera a las 4:55 pm, por que me había distraído y cuando miré el reloj ya eran las 4:30 pm. Llegué despeinada, sin maquillar y con el regalo sin envolver, le pedí a Silvia que me prestara cinta adhesiva, una tarjetita y un moño, que por supuesto ella previniendo, había comprado extras por si algo como esto sucedía.

Se escondieron atrás de los muebles para sorprender a Lucía. Aunque ya había terminado de envolver el regalo, que más que regalo parecía un tamal mal envuelto, había decidido esperar en el cuarto, por que eso de gritar: ¡sorpresa! no iba con mi personalidad. Silvia sin embargo, me fue a buscar y me dijo: “que bueno que ya terminaste, ya esta por llegar Lucía”. Me miró de arriba abajo con desilusión, por que pensó que llevaba ropa para cambiarme, se dio cuenta que lo que vestía era mi atuendo de fiesta. Era la única que vestía jeans, y el pelo en una trenza, las demás habían ido juntas al salón para que las arreglaran, la mayoría llevaba vestidos o pantalones capri.

Yo me escondí en la cocina, aproveché para darle el visto bueno a los canapés, no había comido nada en el día. Esperabamos en silencio, mis tripas sonaban y hacían eco en la cocina. Lucía subía las escaleras por que el elevador se había descompuesto, podíamos oír sus jadeos desde adentro, tardo una eternidad en llegar.

Silvia abrió la puerta, y todas excepto yo gritaron: ¡Sorpresa!, Lucía del susto gritó, como si hubiera visto al diablo, fue tanta la conmoción que se puso pálida y casi se nos desmaya del esfuerzo de las escaleras y del susto, tres de las concurrentes corrieron en su ayuda y la sentaron, Silvia corrió al baño por el alcohol, pero yo llegué primero con mi copa de vino para que la oliera, era alcohol también, ¿no?, se me quedaron viendo feo ante la evidencia de que ya había abierto el vino.

Lucía poco a poco se repuso, nos dio su mejor cara para hacernos sentir bien, aunque se le veía que se las estaba llevando el carajo, sinceramente no entendí bien, ¿por qué?. Había comida, bebida, estaban las amigas, y podía hablar durante toda la tarde sobre sus mareos, vómitos, sangrados, y ultrasonidos.

Yo pasaba de un grupo a otro, era difícil ser bióloga marina, especializada en arrecifes, cuando se trata de hablar de pañales, yo interrumpía de vez en cuando para dar referencias, aunque no eran muy bien aceptadas, creo que no les parecía ser comparadas con los peces hembra y sus hábitos.

Parecía cliché, pero sí hablaban de cuan caros estaban los jitomates en ciertos supermercados, yo no tenía mucho que aportar a la plática, no por arrogancia, si no por que yo compraba los jitomates de una amiga mía que los cultivaba en su propiedad, eran orgánicos y estaban buenísimos.

El otro grupo se la pasaba en el chisme, que si quién con quién y cómo. Una aportaba detalles a la historia de la otra. “No mana, no es cierto, ¿sabes por qué?, por que yo ví el carro estacionado a esa hora, ahí estaba”.

Al tercer grupo ni me acerqué, parecía que su única misión en la vida era convencerme de las virtudes de ser madre. Me recordaban cada cinco minutos que una como mujer no se vuelve más joven, y que el ser madre era el paso correcto para convertirse en una mujer completa y feliz. Esquivé este grupo con el pretexto de ir al baño.

La cuñada abandonada asistió a la reunión con todo y sus ocho meses de embarazo, no se podía ver con la hermana del marido, pero aún así fue. Me la encontré en la fila para el baño. Me pidió que la dejara pasar primero, aunque me estaba literalmente haciendo pipi, la dejé pasar, por que me puso cara de embarazada.

A cierta hora llegaron los maridos, Mariano con los demás. Mi novio, compañero, amante, o concubino, no sé como se referían a Victor, llegó después, por que se quedó ayudando a un amigo a arreglar su carro.

Silvia lo tenía todo planeado y jugamos los mismos juegos que jugamos para los anteriores baby showers.

En los juegos de habilidad física si se la pelaron conmigo, en los de hacer cosas con listones y mariconadas, ahí si me ganaron. Los hombres participaron en echarle porras a sus respectivas y a terminarse las pocas cervezas que habían en el refri de Silvia.

Se terminaron los juegos y Lucía notó la ausencia de su marido, sin decir nada, se levantó, lo buscaba por todo lado, fue a la cocina, a la terraza, de pasada fue al baño, y la gente la detenía de vez en cuando para tocarle la panza y decirle lo grande que estaba. No le dijo nada a nadie, siguió su discreta búsqueda.

El único lugar que faltaba era la habitación de Silvia, ya se había asomado por la ventana para buscar en el estacionamiento. Le daba pena abrir la puerta de la habitación, pero lo tenía que hacer, sin que nadie la notará abrió despacio la puerta.

En la sala escuchamos:

- ¡Mariano, que significa esto!

Nos quedamos como pasmados ante el tono de la voz de Lucía.

La vimos venir tambaleando por el pasillo, se apoyaba con los brazos en las paredes, los que estaban en el sillón se levantaron para darle lugar, se nos ahogaba, le faltaba el aire.

Mariano salió del cuarto seguido por la cuñada abandonada con sus ocho meses de embarazo.

Lucía se nos desmayaba, cuando vio a Mariano trató de levantarse e írsele encima, del esfuerzo se le rompió la fuente, había agua por todas partes. Victor y yo mirábamos todo como si fuese una película.

Entre la gritería y la corredera, Victor salió al rescate; siempre es útil estar involucrada con un veterinario. Cuantas veces había ayudado a las pobres vaquitas a tener a sus crías, ¿que diferencia podía haber?. Así que Victor paró el pánico y mandó a traer toallas y agua caliente. En las clases de yoga me habían enseñado la importancia de la respiración, me puse al lado de Lucía y la animaba a respirar. Abfuuuu, Abfuuuuu, fuuuu, fuuuu, Victor gritaba: ¡Puja, puja!, ¡espérate, no pujes!, ¡Puja, puja!.

Todos los demás estaban alrededor con la boca abierta.

Oímos el llanto del bebé, había nacido de siete meses, parecía una ratita, la pobrecita criatura, que al final había resultado ser una niña, para la desilusión del papá.

Fabiola.

Julio de 2004.

Tuesday, July 06, 2004

Hotel Paradise

El sol los despertó en la cara, eran las 8 de la mañana y por fin habían llegado. Bajaron del camión, y sin maleta se dirigían a la casa. Por las calles la gente los miraba, llegaron a un portón, tocaron y esperaron a que les abrieran.

Él miraba a los perros en la calle, le llamaban la atención. Todas las casas estaban juntas, cada una con un color diferente. Había mucho ruido, los vendedores, la gente que se saludaba de una esquina a otra, las camionetas en las estrechas calles.


- Doña Venus, le quería pedir un favor.

Doña Venus siguió doblando sábanas sin ver a Sara.

- Le quería pedir este sábado libre.
- Sara, ya sabes como es esto. No días libres en fines de semana, es cuando tenemos más gente.
- Pero, Doña Venus es importante. Caridad me dijo que podía venir en mi lugar.
- No, imposible. Este sábado es de Caridad.
- Pero a ella no le importa venir, al contrario mejor para ella.
- Sara, déjame terminar esto, ya vete a terminar tus cuartos.



Sara tenía menos de un mes en Estados Unidos, por una amiga de la Iglesia supo de Doña Venus, quien trabajaba en el Hotel Paradise. “No necesitas papeles, varias de la Iglesia han trabajado con ella”.

El Lunes a primera hora Sara estaba en el hotel preguntando por Doña Venus. El empleado de la recepción no le entendió a Sara, pero era obvio a lo que iba, llamó por el Walkie Talkie a Doña Venus.


Oyeron que alguien del otro lado abría el cerrojo. Con cara de sorpresa y sin saber muy bien que decir la mamá de Sara abrazó a su hija. “Sarita, ¿qué haces aquí m´ja?. Sara sin contestar le dijo a su mamá. “Mire ma, este es Mike”. Mike muy amable extendió su mano y con su mejor español le dijo: -Mucho gusto, señora. La señora nunca perdió la compostura, ofreció al gringo un vaso de agua de piña y lo dejó sentado en la sala, mientras jalaba a Sara al cuarto.

Bajita, regordeta y paranoica apareció Doña Venus, sin verla a los ojos, le dijo: -sígueme. Dos preguntas y dos respuestas. El martes Sara vestía el uniforme de limpieza.

- Hoy vas a trabajar conmigo niña. Yo hago las camas y tú haces los baños.

Doña Venus enseñó a Sara como doblar las toallas, cómo limpiar el piso del baño, prácticamente había que ponerse de rodillas, la supervisora de limpieza era hija de nazis, revisaba los cuartos con guantes blancos y llevaba una regla para medir los lados de las camas.


Había terminado el primer día y Sara no podía creer que había limpiado 15 baños. Checó su tarjeta y se fue, las demás empleadas ya habían terminado.

- ¡Sara, por amor de Dios que estas pensando hija!, tu papá te va a matar cuando te vea aquí con un gringo.
- Mamá, ayúdeme usted, la verdad es que no se como le voy a decir a mi papá.
- ¡Pero Sara, en que enredos me metes a mí!, Tu papá se va a enojar muchísimo cuando vea a ese señor en la sala.
- Ándele mamá, usted es la única que me puede ayudar.
- ¿Hija no entiendo que haces aquí, por que te regresaste, por que trajiste a ese señor contigo?

El miércoles Sara llegó 15 minutos antes de las 8. Tomó su tarjeta para checarla, cuando le cayó encima Doña Venus.

- Las tarjetas no se checan hasta las 8 en punto.
- Perdón, no sabía.


Ponía sábanas y toallas limpias en el carrito. Conoció a Caridad, le decían “balcera”, y a Martina, otra mexicana. Los nombres de los demás empleados los olvidó inmediatamente, ya era hora de trabajar. Una tras otra checaron sus tarjetas y empujaron sus carritos.

Para el jueves Sara ya tenía su propio carrito y su lista con 18 cuartos para limpiar. El tiempo se pasaba rápido, la supervisora no hablaba español, pero se comunicaba bien con las miradas. Pasaba por los pasillos para ver que estaban haciendo las recamareras y cerciorarse que no encendieran la televisión. Habían habido quejas de los huéspedes, por que habían encontrado su televisión puesta en el canal latino.

La supervisora entró en uno de los cuartos a Sara. Señalándola con el dedo le dijo:

- Tú muy lento, más rá pi ro, 20 minutes per room. OK.
- ¿Perdón?
- 20 minutes per room, no more time.

Se fue.

Martina trabajaba en el mismo piso, se acercó a Sara y le dijo:

- ¿Qué te dijo la vieja?
- No sé. Algo como de tuenti minut.
- Ahhh sí, es que quieren que les hagamos los cuartos en 20 minutos.
- No quieren pagar más de 7 horas diarias
- Pero son un chingo de cuartos y somos sólo 4.
- Pus, ya ves estos pinches gringos.

Sara salía exhausta del trabajo a las 3 PM, llegaba a dormir, su prima trabajaba en un supermercado. Se levantaba como a las 5PM para preparar algo de comer y esperar a la prima.

Balcera era muy rápida, era la favorita. Tenía casi un año de trabajar en el hotel. Por eso de vez en cuando podía gozar de un sábado. A Martina lo único que le importaba era que le pagaran. Elena, una peruana, nunca hablaba. Doña Venus además de ayudar a hacer cuartos, trabajaba varias horas en la lavandería. La lavandera de planta faltaba de vez en cuando por que tenía que visitar a su esposo que estaba en la cárcel en otro estado.

Mike, esperaba sentado en la sala. Oyó que la puerta de enfrente se abría, entró el papá de Sara. Vio al gringo sentado con el vaso de agua de piña en la mano. Dejó su sombrero en el perchero y dijo:

- Buenas tardes.
- Buenas tardes.
- Que se le ofrece señor.
- Mi llamo Mike, y soy amigo de su hija Sara.
- Mi hija no esta aquí señor, esta en el otro lado.
- Disculpe señor pero su hija y yo llegamos esta mañana.

De los demás empleados no había mucho que decir. Se entero que Mike, era esposo de la nazi. Mike cuidaba la piscina, cambiaba focos, destapaba los escusados, y cualquier otra cosa que requiera la sabiduría masculina. Mike era texano, cowboy de corazón, se había criado en una granja en el norte de Dallas.

Mike hablaba español por que de pequeño jugaba con los hijos de los peones.

- Señor Mike, puede venir a ver el baño del 413

Con su más puro acento texano contestó:

- ¿Qué pasa con el baño?
- Parece que no funciona.
- Ya subo.

El uniforme no era muy favorecedor, la camisola era amplia y el pantalón holgado, sin embargo Sara se las había arreglado para cortar un poco la camisola y ceñir el pantalón. Cuando llegó Mike al cuarto Sara terminaba la cama, inclinada sobre la cama dejaba ver en todo su esplendor su generoso trasero. Mike se quedó como hipnotizado. Sara sintió la pesada mirada y se levantó como un resorte.

Ninguno de los dos se pudieron reponer, ambos hablaban nerviosos e incómodos. La nazi tenía radar, había seguido al marido y lo encontró hablando con Sara. La nazi dijo algo en inglés, Mike contestó molesto. La nazi lo espero en la puerta hasta que terminara de destapar el baño.

Sara trataba de evitar al gringo, el gringo hacía lo mismo. La nazi con su radar perseguía al marido todo el día. De vez en cuando Mike y ella se cruzaban en alguno de los pasillos, no se miraban a la cara. La nazi de la nada aparecía y encontraba mil manchas, camas mal hechas, y toallas mal acomodadas en los cuartos de Sara.

Doña Venus, quien lo podía ver todo, le dijo a Sara.

- Niña, ¿quieres que te de un consejo?
- Díga, Doña.
- No te metas en líos, sabes por que te lo digo, ¿verdad?

Sara se quedó en silencio.

- Que mi hija ¿qué?
- Si señor regresamos esta mañana.
- ¿Quién es usted?, ¿Qué quiere usted con mi hija?
- Well...

El papá de Sara no lo dejó contestar y se le tiró al cuello, para ahorcarlo. El gringo dejó caer el vaso de agua de piña para defenderse. El papá de Sara gritaba: “Si le has puesto una mano encima a mi hija aquí te mueres gringo hijo de puta”

Sara y su mamá salieron del cuarto en cuanto escucharon la bulla. Sara saltó a separarlos y su madre gritaba: “Déjalo José, por favor José, no te comprometas”. En el forcejeo el papá de Sara le tiró un puñetazo a Mike que lo recibió Sara. Sara cayó al suelo todavía con su falda de florecitas. Todo se detuvo.

Sara tocó la puerta: “Housekeeping”, nadie contestó, abrió la puerta de prisa y se metió al baño, salió al pasillo a buscar toallas limpias, cuando regresó encontró a Mike dentro del cuarto. Él le puso la mano en la boca para que no gritara.

-Por favor no gritar, no voy a hacer nada.

Ella abría más los ojos, y sin decir nada el gringo le plantó un besó. Al principio Sara se resistió, no por mucho tiempo. Dejó caer las toallas al piso. Se separaron, Mike sin decir nada salió del cuarto, revisando que nadie estuviera en el pasillo.

Martina vió salir del cuarto a Mike, y corrió a encontrar a Sara.

- Ayy manita, te ligaste al gringo.

Sara estaba atónita, no podía creer lo que había pasado.

- Martina, por tu mamacita no digas nada, por que me voy a quedar sin chamba.
- No te apures, no digo nada.

Curiosamente los baños de los cuartos de Sara se descomponían frecuentemente. Coincidiendo con las juntas a las que tenía que asistir la nazi. Doña Venus estaría ocupada en la lavandería. Habían despedido a la lavandera no pudo regresar a tiempo de una de las visitas al marido.


En la cocina, la mamá de Sara le ponía hielo a la herida, se le había abierto el labio. El papá de Sara entre el coraje y la decepción había tomado su sombrero y se había vuelto a ir. El gringo no sabía que hacer, lo único que sabía es que la cocina de Doña Meche olía muy bien y a él ya se le estaba abriendo el apetito.

No se decían nada solamente se besaban y acariciaban. No habían hecho el amor todavía.

Después de un mes así Mike dijo:

- Sara necesito estar contigo. Pide el sábado libre te llevo a pasear.
- ¿Y que le vas a decir a tu mujer?
- Ella va a salir a Dakota a ver a su madre.


Comieron, la mamá de Sara veía como el gringo comía una tortilla tras la otra, cuando se terminaron las tortillas del canastito la señora dijo: “Joven, ¿quiere más tortillas?”, Mike con la boca llena asintió con la cabeza. En esa sentada Mike se comió un kilo y medio de tortillas.

Se hacía de noche y el papá de Sara no regresaba. Como a las 9 de la noche se oyó el cerrojo de la puerta. Don José se presentó. Los tres lo esperaban en la sala. Dejó el sombrero en el perchero. Se sentó en su sillón y se dirigió a Mike.

- ¿Señor tiene usted algo que decir?.
- Yo estoy muy apenado. Lo siento.
- Sara ... Meche déjenos solos. El Señor y yo tenemos que hablar.

Doña Meche se dirigió a su marido

- José dame la pistola por favor.
- Ya vete mujer, déjame en paz.
- Dame la pistola José.
- Que te vayas te digo.

El gringo sudaba. Las dos salieron de la sala, pero no despegaron la oreja de la puerta. Doña Meche sacó su rosario y le rezaba a la Santa Cruz para que José no le hiciera nada al gringo. Después de media hora. José llamó a Doña Meche.

- ¡Meche!

La señora volando salió del cuarto

- Prepárale al señor el cuartito, se va a quedar a dormir hoy.
- Sí, José.

Sara se queda con nosotros en nuestro cuarto.

A Doña Venus se le había ablandado de pronto el corazón y permitió que Sara faltara el Sábado, a condición que Caridad la cubriera y Sara viniera todos los fines de semana de los siguientes dos meses.

Mike pasó por ella al Mall, ella vestía una faldita floreada, una blusita de tirantes y llevaba unos zapatos y una bolsa de color rosa. Él se puso su camisa de cowboy, sus botas y su texana.

Se dirigían a San Pedrito el pueblo vecino. Se registraron en un hotel de cuatro estrellas con nombres falsos, pagaron en efectivo.

Hicieron el amor durante toda la tarde, pidieron pizza y miraron televisión en español.

Casi un mes había pasado desde el regreso de Sara, preparaban la boda. El gringo trabajaba con Don José en el puesto que tenían en el mercado. El gringo había resultado buen comerciante, vendían ropa. Las señoras no se podían resistir al acento del gringo y compraban lo que él les ofreciera.

Don José lo empezaba a apreciar. Aunque la parte pesada del trabajo todavía la hacía el gringo. Sara seguía durmiendo en un catre en el cuarto de sus papás. No habían hecho el amor desde el hotel de cuatro estrellas, la vigilancia de los padres de Sara era peor que la de la nazi.

Se hacía tarde.

- Mike, ya vamonos se nos va a hacer de noche y mañana tenemos que trabajar.
- Sara, I am in love with you.
- ¿Qué?
- Te quiero.
- No me digas nada, tú estas casado.
- I don´t want to go back.
- Yo tampoco pero trabajamos mañana.

Sara se quedó quieta cuando vio que lo que Mike decía era en serio.

Se quedaron en el hotel, sacaron $1 000 dólares de dos cajas automáticas. Mike le vendió su coche al gerente del hotel por $1 500, tuvieron que esperar hasta el Lunes para cerrar el trato.


Con lo que tenían puesto tomaron el camión que los llevaría lejos del hotel de cuatro estrellas, de San Pedrito, de la nazi entre otras cosas.


El dinero que trajeron de Estados Unidos lo utilizaron para comprar más mercancía, el gringo y Don José ya eran socios. La Boda la pagaría Don José, después de todo era su hija.

El vestido de Sara estaba lleno de vuelitos y encajes, llevaba una corona hecha de migajón con harta diamantina, lucía espléndida, al gringo lo vistieron de traje negro, se le veían los ojos más azules. El papel picado adornaba la calle, todo el pueblo estuvo invitado, no faltaron las viejas chismosas que hablaron de Sarita. Las primas de Sara ya planeaban irse para el otro lado. La música sonaba en toda la cuadra. Los niños corrían alrededor de las mesas. La gente espantaba a los perros a patadas. Todas las mujeres de la familia en la cocina ayudando a Doña Meche, quien no se aguantó y lloró en la Iglesia. Sirvieron mole y arroz rojo. El gringo, el más feliz en esa sentada se comió un kilo de tortillas con su mole.


Fabiola
Julio, 2004.



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